Marisela Escobedo Ortiz*
Por Jaime García Chávez
Había puesto mi pluma fuente en reposo. Había terminado el boceto de mi artículo dominical. Había reseñado las líneas que a mi juicio definen la reestructuración palaciega del PRI decidida por César Duarte a favor de un cenecista urbano cuyo nombre ya olvidé. Quería decirle a Chihuahua que este partido es una dependencia más del decadente aparato gubernamental, que es un remedo del viejo partido de estado, que lesionaba en el corazón al régimen de partidos, médula de un sistema democrático que se precie de tal.
En eso suena mi teléfono móvil y me llaga la noticia del homicidio de Marisela Escobedo Ortiz. La mamá de Rubí. Un sicario, ahora prófugo y en busca de cueva segura para la impunidad de un troglodita, la había matado a mansalva, aprovechando la nocturnidad, con todas las ventajas que tiene un criminal frente a una víctima inerme. Ella reclamaba justicia para su hija asesinada y encontró la muerte a unos cuantos centímetros de la puerta principal del Palacio de Gobierno, morada de un gobernador que concentra ya el desprecio de Chihuahua por demagogo, por cómplice de una guerra, por sus engaños, por sus falacias, por que malos la gran parte de los gobiernos que hemos tenido, ninguno tan mal en las goteras de su inauguración.
Confieso que con el dolor que me provocó el crimen, destrocé mi boceto inicial.
Todo me dolió. En ese momento se concentró mi indignación de testigo permanente de una violencia que no cesa y a todos nos amenaza, especialmente a la república y su gente. Cómo admitir que alguien que clama justicia por el homicidio de su hija encuentre la muerte, como la encontró impíamente la señora Marisela Escobedo Ortiz.
Todo me dolió: el cráneo, el radio, la tibia, las costillas, las orejas, las clavículas, la mandíbula, los dientes, el cerebro, el hueso de la risa, los pies, los muslos, los ojos, todos mis órganos, el pelo. Fue un dolor tan fuerte que ni siquiera lo produjo el más mínimo conocimiento de la víctima, porque me reveló que la víctima de esta violencia somos todos y especialmente los vulnerados por este sistema depredador: las mujeres, sus hijas.
Se trata de un homicidio emblemático. De un homicidio contra una madre que reclamaba justicia para su hija, que había tenido que realizar ella la indagatoria, que le había dicho al gobierno donde estaba el homicida. Marisela erogaba gran esfuerzo, era una Antígona doliente encarando al poder despótico. Emblemático por que sucede a las puertas del Palacio de Gobierno, por cuya parte trasera acostumbra entrar César Duarte rodeado de una nube de policías y militares fuertemente armados. Él se da ese privilegio, mientras el resto tenemos que andar toreando la violencia al hollar el umbral de las puertas de nuestras casas. Bien sabía quien definió los privilegios como una canonjía para unos cuantos y un desaliento para todos los demás. Bien lo sabía.
El emblema llamado Marisela Escobedo Ortiz me hizo recordar la poesía de Vallejo, el gran peruano que nos legó Los Heraldos Negros, que con el apoyo de unos cuantos compañeros y compañeras fijamos a las puertas del palacio de Duarte, un hombre con ínfulas de emperador.
Chihuahua está de luto, Chihuahua tiene está de pena. No debemos permitir que en nuestros corazones se pudra ese luto y esa pena. Tenemos que salir a la calle, como insurgentes. Este sistema con Calderón y Duarte a la cabeza significan el colapso y el agusanamiento de las instituciones. Es hora de la resistencia, de la rebelión, de demostrar que no los obedecemos por que no son nuestros representantes. Recuperemos nuestra soberanía para regenerar la república y así regenerar a Chihuahua.
Le pregunto a César Duarte, siguiendo un Pensamiento Despeinado: ¿hasta cuántos cadáveres está permitido equivocarse? Éste sí que es un problema más que jurídico para un gobierno colapsado.
*Artículo publicado en el diario Norte de Ciudad Juárez
Etiquetas: Marisela Escobedo
Patricio Martínez, exgobernador de Chihuahua. Terminó su administración sin ser juzgado por negligencia en los asesinatos. Existen casos en los que la Procuraduría torturó a detenidos para que se declararan culpables.
Hay asesinos indomables que siguen sueltos.

Sandra Bello, fotógrafa tijuanense, actualmente trabaja en el proyecto "Reacciona Mujer con Furia", en aquella frontera.
